Una leyenda

Cuando era pequeña escuchaba historias de los adultos. Todas esas historias tenían un propósito: Mis tíos trataban de asustarme, mis amigos de que me creyera sus cuentos de fantasmas en la escuela, mis maestros de convencerme de hacer algo, y mi tía, ella trataba de entretenerme. Y como cosa extraña sus cuentos siempre parecían ser las más verdaderas de todas las historias.
Como niña de ciudad, mi historia favorita era la de la leyenda del animal y el bosque. Por mi casa lo más parecido a un bosque era el parque que tenía dos tristes árboles. Y digo tristes porque literalmente se veían entristecidos por la falta de cuidado. El resto eran parches de pasto y arbustos en la tierra más seca que he visto jamás. Para mi era fascinante escuchar de aquel bosque tan lleno de árboles que producía enramadas y sombras. De árboles tan grandes que cabían familias de pájaros y ardillas y otros animales que vivían de las frutas en el suelo.

Mi tía siempre comenzaba:  Cuenta una leyenda que existe un lugar en el bosque en el que siempre hay flores. Siempre. Sin importar que día del año sea, sin importar que el resto del bosque este dormido, sin importar que el bosque se este haciendo menos, siempre hay flores. La leyenda dice que el espacio florece todo el tiempo porque ahí habita un animal especial y mientras esté ahí, el bosque florecerá. Mas que eso, dicen que el día que no haya flores, porque algo le haya pasado al animal, ese mismo día se mueren todas las plantas del mundo. Por eso, aunque los habitantes del pueblo cortan árboles para sus casas y sus fuegos, para sus muebles y  trastos. Siempre respetan la zona de las flores y un poco más, para que el animal no se moleste.
Muchas veces le rogué a mi tía que me hablara más de ese pueblo, que me dijera donde estaba. Le insistía al grado de la molestia. Creo que si tuviera una sobrina que se portará como yo me portaba en esos momentos la desconocería como parte de mi familia. Sin embargo, en cuanto entraba en ese modo necio, me soportaban; procuraban cambiarme de actividad, entretenerme con otra cosa, de distraerme. Poco a poco comprendí dos cosas: la primera era que todos consideraban esta historia como eso, una historia; y la segunda fue que yo quería vivir en ese bosque.
Así que comenzó la búsqueda. Y no fue cosa fácil, porque una crece. Y tienes que comenzar a pagar cosas. Como la escuela, la comida, el café, la luz%85 y te das cuenta de que aunque quieres estar todo el tiempo persiguiendo ese sueño, no puedes. Porque tienes que comer, y quieres café, y quieres un mapa. Y si no tienes dinero, no puedes comprar el bendito mapa para perseguir tu sueño. Entonces cambian los planes, porque tienes que aprender a hacer algo que pague las cuentas y te deje tiempo para rastrear a este animal.  Y te tiras en ambas direcciones, esperando que puedas estirarte lo mas posible. En una de esas búsquedas encontré la leyenda del animal del paraje de las flores.  Había  varias versiones de la historia en las que el animal es un colibrí que en lugar de tener plumas en su pecho y alas, tenía flores color violeta y azul. También hay gente que reporta haber visto un puerco-espín, que en lugar de espinas cargaba peonías, lilas, nubes,  crisantemos y azaleas en colores blancos y cremas. Algunos horrorizados, habían corrido de las fauces de un lagarto con la cola llena de brotes verdes, lilas, margaritas, rosas, claveles y dalias de colores naranjas y amarillos. Pero nada de la ubicación exacta del bosque, o de la inexacta.
Después de encontrar esto, nada más apareció. Vivía en un caos. Me sentía como poca mantequilla tratando de cubrir todo el pan tostado. Era horrible. Y entonces me di cuenta de que había que tomar una decisión. Porque si, es cierto: la vida tiene cosas terrenales que hay que cubrir. Pero, ¿hasta que punto son más importantes que la paz que brinda alcanzar un sueño? Y entonces cae una en esa crisis existencial de las que muchos hablan. Y ahora no había nadie que me contara historias de ningún tipo. Porque al parecer, estas vivencias nadie las quiere compartir. No había tíos, ni amigos, ni maestros comentando, ni inventando. La decisión la tenia que tomar yo sola. Pero, al parecer en ese momento el universo decidió no dejarme totalmente sola, y apareció una respuesta en un correo electrónico. Donde otro loco especialista en la leyenda del bosque me comentaba que había dos posibles candidatos a ser el bosque de la leyenda. Y yo me volví loca tratando de escoger el lugar adecuado. Porque mi corazón había tomado una decisión y ningún otro órgano de mi cuerpo lograba convencerlo de lo contrario. Mi cerebro logro disuadirlo de seleccionar el bosque que quedaba cerca de una de las ciudades más grande de aquel país europeo, pero nada más. Mandé a hacer una cabaña cerca del lugar de las flores.
Tengo algunos años viviendo aquí. Aunque al principio extrañaba la vida acelerada a la que estaba acostumbrada, en la que diario me levantaba a la madrugada y me acostaba ya bien entrada la noche trabajando y atendiendo gente; ahora estoy mucho mas calmada y contenta en este pacifico rincón. En el que me despiertan las aves y me arrullan los grillos.  No puedo quejarme de lo que sufrí para llegar aquí, porque gracias a esa vida es que ahora puedo tener esta tranquilidad. Ahora trabajo menos, y gano mucho mas. Tengo tiempo de leer y escribir mis aventuras. Y de darle de comer al curioso gato que viene todas las tardes. No he podido constatar que en realidad el bosque que me queda de patio trasero sea el bosque de la historia de mi tía. Tampoco he visto al animal cuyas partes del cuerpo están invadidas por flores en lugar de plumas, pelo o escamas. Pero tengo tiempo de salir a buscarlo en mis largas caminatas. A veces me sigue el gato. Es la cosa mas tierna, seguro se la pasa jugando todo el día entre las flores persiguiendo ratones; porque siempre llega con la cola llena de brotes de rosas, o de margaritas, o de hortensias, o de narcisos o de otras ramillas del bosque.
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